Por Pablo Jerez Sabater.- El año 1926 marcó un antes y un después en la historia de Agulo con la llegada de la compañía británica Fyffes Limited, un hito que transformó al municipio en el epicentro de la industria platanera gomera. El símbolo máximo de esta era fue la construcción de «La Erita», conocida por todos como el Transportador, un imponente almacén de 1.311 metros cuadrados y dos plantas que redefinió el paisaje local. Edificado con mampostería de piedra y una robusta cubierta de zinc, este edificio no era solo un almacén, sino un avanzado centro logístico cuya estratégica conexión con el transporte aéreo permitía centralizar las operaciones de carga y descarga, proyectando a Agulo hacia el mercado internacional.
En el interior de estos «talleres», el trabajo se ejecutaba bajo un riguroso sistema en cadena diseñado para la máxima eficiencia. A diferencia de otros cultivos, el sector platanero empleaba principalmente a cuadrillas masculinas que se encargaban del pesado, la selección y el cuidadoso envasado de la fruta en huacales de madera. Esta modernidad introdujo un capitalismo agrario que reorganizó el territorio; mientras las medianías continuaban con una agricultura de subsistencia, el litoral se convertía en un enclave extravertido que latía al ritmo de las demandas de ciudades como Londres o Liverpool.

La tecnificación fue la clave para sostener este crecimiento. La maquinaria del almacén evolucionó rápidamente desde un «wincher» manual hasta motores de vapor y diesel, esenciales para trasladar la producción hacia el pescante de Agulo. Esta infraestructura portuaria de hierro, financiada en parte por la propia Fyffes, permitía salvar el desnivel de los acantilados y depositar los huacales en lanchas que luego alcanzaban los vapores fondeados en mar abierto. Gracias a los servicios semanales de navieros como Álvaro Rodríguez López, la fruta de Agulo mantenía una conexión constante con Santa Cruz de Tenerife y los mercados europeos.
Este auge industrial trajo consigo un bienestar social tangible, reflejado en la existencia de cinco escuelas bien instaladas y una fisonomía urbana «atrayente» y «agradable» plagada de talleres. Sin embargo, el éxito de 1926 fue un modelo de desarrollo paradójico. La dependencia del exterior quedó en evidencia durante mayo de aquel año, cuando la huelga general en Inglaterra paralizó las rutas comerciales, poniendo a prueba la resistencia de una economía que, aunque conectada globalmente, sufría el aislamiento de unas comunicaciones internas aún precarias.
A pesar de la pujanza económica liderada por figuras como el representante Manuel Montesdeoca o terratenientes como Leoncio Bento, la frustración por la falta de infraestructuras básicas era latente. El periódico local La Gomera, dirigido por Vidal Negrín, denunciaba en sus páginas que el potencial comercial se encontraba «estancado y reducido a la nada» por la carencia de carreteras y puertos modernos. Esta lucha constante contra la geografía obligaba a una sincronización casi militar con el calendario marítimo de las navieras británicas, convirtiendo cada exportación en una verdadera epopeya logística.
Hoy, al conmemorar el centenario de aquel 1926, la herencia de esa época permanece viva no solo en las ruinas de sus infraestructuras -y la reutilización de este espacio como almacén-, sino en la memoria cultural capturada por artistas como José Aguiar en su obra Frutos de la tierra, de quien también recordamos en este año el cincuentenario de su fallecimiento. Agulo rememora así un siglo de historia donde el plátano y el ingenio de sus gentes, mediando entre el capital extranjero y el difícil relieve de la isla, forjaron la identidad de un pueblo que se atrevió a mirar al mundo desde su pescante.














