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El palo rojo: la frontera

Benjamín Trujillo. Foto Eduardo Castro

Siempre hubo en la infancia lugares prohibidos, porque eran propios de adultos, por lejanos y oscuros, por riesgo de caerse. Con las mujeres, las niñas, las jóvenes… la prohibición era todavía más rígida. Y el muelle lo reunía todo para ser un sitio vetado, sobre todo después de media tarde, cuando empezaba a oscurecerse. Peligroso y de pecado.

De día, en las horas de trabajo, había muchas cosas atractivas. Llegaban los barcos, el correíllo y después el ferry, los barcos de carga, los Pinillos, las falúas que venían de Santiago o La Rajita, hermosos bermeanos, el movimiento en los tinglados con las mercancías; un montón de actividades y entretenimiento sin hablar de lo que suponía la escalinata para bañarse y tirarse, los juegos en el agua, las ahogaduras de algunos o la proa de barcos y las cucañas para los más intrépidos. Cuando había mucho trabajo era una auténtica pista de circo.

Al atardecer, cuando el sol se iba escondiendo por las lomadas al suroeste, se iluminaban Tenerife y el Teide como con focos, La Villa y el muelle se llenaban de sombras.

El muro que limitaba el propio puerto con la escollera del este, la que mira al Teide, en su parte superior era un paseo – El paseo – .

Allí se daban cita algunas parejas de enamorados que con las sombras de la tarde o la oscuridad posterior escondían sus pasiones. Eran los más atrevidos los que subían o, si quieren, a los que menos les importaba las imposiciones morales de una sociedad pueblerina. Una pareja aquí, la otra más allá; eran pocas pero intensas y efusivas.

Debajo, en la escollera, en aquella red laberíntica de pasillos escondidos algunos ejercían de mirones, unas veces sin ser descubiertos y otras ¡ay otras! Maldecidos e insultados por los hombres que protegían con el brazo a su novia, se levantaban, gritaban y luego se iban hacia otro lugar del muelle o ya volvían hacia el pueblo.

La fama del paseo era más fruto de las habladurías e invenciones que de la realidad. Las exageraciones de los comentarios, alguna vez incluso desde un púlpito, convirtieron a aquel magnífico sitio de recreo y silencio en territorio pecaminoso.

El espacio del que estoy hablando, todo, era sin duda el alma del pueblo. Puerta de entrada y salida de la isla, presencia de maquinaria para las labores de carga, noticia de quién llegaba o se iba, despedidas y recibimientos, las maniobras de atraque de los barcos, los cargueros extranjeros que servían de ensoñación de otros puertos y países, los yates, los momentos de estar sentados en los mostradores altos de las casetas, colgando las piernas, apretados alguna vez con la chica que te gustaba, oyendo o contando historias; viviendo todo con intensidad, espectadores en aquel maravilloso circo del día y escuchando, curiosos lo que decían que pasaba por las noches. La doble vida del muelle.

Las familias y “parejas de bien” que caminaban hacia el muelle por las tardes y las noches tenían una frontera, la línea que marcaba el bien y el mal en esas horas ¡el palo rojo! El que marcaba a los barcos la zona de atraque o fondeo, más o menos a la mitad de trayecto entre la última casa del pueblo y el mismo muelle. Estaba pintado de rojo y blanco y tenía una luz en su extremo superior.

Era el sitio donde se daba la vuelta, desde donde se regresaba. Las chicas tenían claro el mensaje ¡hasta el palo rojo! Los chicos no tanto.

Algunos no hicimos mucho caso de esas advertencias y estuvimos en el muelle de noche y no pasó nada ¡se los juro!

Benjamín Trujillo.

btrujilloascanio@gmail.com

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