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Confianza

Grupo del Congreso de la Asociación Española de Ecoturismo celebrado en Asturias (archivo)

Salí varias veces con el perro a la calle. De resto ayer en casa “me soplé” de televisión, comunicados y redes sociales. Dispones de tiempo, tienes poca prisa y se disfruta de silencio; circunstancias más que buenas para la reflexión.

Hace dos días la gente en Garabato seguía podando viña y sembrando. Yo mismo aproveché unos “escurros” de la tubería para regar unas cebollas que tengo en Los Barriales.

Al bajar a casa, una pareja de alemanes me hizo seña de que parara. Estaban delante de una palma al pie de la carretera, se preguntaban porque le habían cortado sus pencas, se le había dañado con estacas su tronco, y tenía su cogollo abierto. Les expliqué, con cierto detalle, cómo se obtenía el guarapo y el porqué de la lata que rodeaba su tronco. Aproveché para preguntarles si disponían de información sobre la situación causada por el COVID19, dijeron que sí. Explicaron que el paisaje y la tranquilidad de La Gomera era la razón de haber venido a La Gomera en sus vacaciones a pesar de la que estaba cayendo.

Se ve que, a partir de esa conversación, mi cabeza puso cierto empeño en averiguar los motivos por los que bastantes turistas nos eligen contra viento y marea como destino. Recordaba también que en los meses que siguieron al voraz incendio que calcinó buena parte de Guadá, y de nuestro monte, las reservas no sufrieron ningún desplome, y los turistas continuaron alquilando viviendas en Valle Gran Rey a sabiendas de que el escenario inmediato era un palmar y un barranco quemados.

Ahora la situación es diferente, con toda seguridad más crítica. Hay sufrimiento y según hacia donde mires se respira precaución e impotencia. Aunque un observatorio turístico lo investigaría con mayor profundidad y acierto, haríamos bien en preguntarnos las razones profundas, los motivos más contundentes por los que, aún en periodos difíciles nuestros visitantes nos son fieles.

Soy anfitrión de madre e hija en la casa rural que tenemos en el Barranco del Ingenio. Quieren agotar aquí su reserva que finaliza en la primera semana de abril. Me dicen estar bien informadas de la situación. No me transmiten nervios.

Posiblemente existan muchas razones, y todo es importante, claro; pero entiendo que algunas de nuestras principales fortalezas como isla turística radican en que no estamos masificados, en que se pueden descubrir paisajes impresionantes a través de una amplia red de senderos, en que nuestro aire es limpio y el clima benigno, somos un pueblo cordial y se disfruta de equipamientos e infraestructuras de nivel europeo.

Casi todo lo mencionado tiene que ver con la sostenibilidad. Cuando casi todo se para, en la desnudez y fragilidad de estos días, nos damos cuenta de que el ecoturismo hunde sus raíces y se alimenta en territorios abonados en base al equilibrio entre el hombre y la naturaleza. Y ahora, que casi todo está cerrado, con menos ruido y con más tiempo para pensar, habremos de coincidir felizmente en ello.

Tengo confianza en los fundamentos del trabajo que por un turismo sostenible despliega las administraciones y el tejido asociativo de aquí y de toda España.

Opino que en las ciudades hay una sensación de fragilidad y de mayor exposición a los grandes riesgos que en las zonas rurales. Nuestra cercanía a la tierra, al agua, a otros seres vivos de la naturaleza, todo ello y más debidamente metabolizado, nos acerca a la percepción de que estamos en una especie de “refugio”, que es como lo definía Brigitte el viernes.

Una isla del Atlántico, cercana a África, con una naturaleza y una atmósfera especial….un lugar que el subconsciente percibe como una especie de “territorio santuario”.

Que sea así, y por mucho tiempo.

En un rato pasaré a comprar algunas cosas al supermercado, pequeño pero abastecido.

P.S. Sé que es un mal momento para opinar, que cada expresión debe sopesarse y que todo se mira con lupa, por eso precisamente vale la pena escribir.

Manuel Fernando Martín Torres.

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