Lo mejor es enemigo de lo bueno, según Voltaire. Y es cierto que en muchas ocasiones las soluciones irreales o imaginarias suelen ser mejores que las que, desgraciadamente, se encuentran al alcance de nuestras manos.

Debo ser uno de los muchos socialistas —creo sinceramente que incluso piensan así muchos viejos militantes del PSOE— que no ve con muy buenos ojos un pacto apoyado en fuerzas políticas que se declaran enemigas del Estado y que luchan abiertamente por la soberanía de sus territorios. Pero veo con muchísimo más miedo que este país siga instalado en una situación de provisionalidad e interinidad que hace muy débil a su gobierno y que tiene paralizada la adopción de medidas urgentes e inaplazables.

En este tiempo se ha necesitado de políticos alejados de los intereses electorales y que piensen con grandeza en el interés del Estado, alineándose con la Constitución y con la democracia que nos hemos dado. Había otras fórmulas de posibilitar un nuevo Gobierno, en el que no fuera necesario el apoyo de las fuerzas políticas independentistas. Pero esa decisión no se produjo. Y el PSOE, el ganador de las últimas elecciones, sólo tenía dos caminos posibles ante sí: o convocar unas nuevas elecciones, algo que a todas luces resultaría un impensable fracaso político, o hacer todo lo posible, todo lo que estaba a su alcance, para conseguir una mayoría suficiente para una investidura que, si todo sale como se ha previsto, se producirá este próximo martes.

Un Gobierno de fuerzas de izquierdas, en el que el PSOE actúe con el peso de la moderación y la sensatez, va a ser muy bueno para los menos favorecidos en este país. Para los pensionistas, para los asalariados, para la igualdad entre hombres y mujeres, para el progreso y la justicia social. Y es importante señalar que Unidas Podemos ha actuado también con una enorme responsabilidad poniendo los pies de sus sueños en la tierra de lo que es posible plantear en la España de hoy. Pablo Iglesias ha renunciado, con generosidad, a muchas de sus propuestas que podían resultar más radicales y más difíciles de digerir para una población que en este momento necesita mensajes de moderación y de sensatez.

La investidura de Sánchez este próximo martes supone también la posibilidad de articular una nueva solución política al conflicto con Cataluña. Sin renunciar a su programa soberanista, Esquerra Republicana ha demostrado la suficiente inteligencia política como para deducir que una situación de bloqueo permanente solo traería mayores males y dificultades para Cataluña y para el resto del Estado. Lo que se está planteando es una tercera vía —entre las dos posiciones enfrentadas del Estado por un lado y los soberanistas por el otro— en la que podría regresarse a un cierto entendimiento que suavice y reconduzca las demandas de una parte de la sociedad catalana. Algo similar a lo que ya ocurrió, después de mucho sufrimiento y mucho dolor absolutamente innecesario, en el País Vasco.

¿Me gusta que el presidente Pedro Sánchez sea elegido con los votos de ERC y Bildu? La verdad, no. Pero no existe otra fórmula para hacerlo. Y lo que es más importante, una cosa es la mayoría que se consiga para la investidura y otra muy distinta la que se vaya formando en el día a día. El pacto de gobierno es entre el PSOE y Unidas Podemos y el programa que se ha presentado tiene aspectos que pueden ser apoyados puntualmente por muchos partidos de la oposición.

Como a todos, me preocupa que quienes quieren romper el Estado tengan tanto protagonismo. Pero es la consecuencia inevitable de que partidos que dicen defender la Constitución, como son el PP y el PSOE hayan puesto por delante de esa defensa sus propios intereses electorales. Ni quedaba otro camino ni era posible otra mayoría. Tengo la fundada esperanza de que el PSOE será capaz de navegar en esas aguas tan revueltas en que se ha convertido la política española.