Oscar Izquierdo

Por equipo se podría entender un grupo de personas, organizado, que se agrupa para obtener un objetivo concreto.  Conseguirlo, ya de por sí es complicado y que funcione, todavía más exigente. Se trata de aunar voluntades, incluso desde opiniones diversas, que son capaces de encontrar confluencias, que posibiliten la búsqueda de lo que se quiere en cada caso. Es cuestión de dejar atrás o de lado, como se quiera, posiciones intransigentes, para adentrarse en el siempre complicado equilibrio, equidistante de posiciones acérrimas o fundamentalistas. Como exige esfuerzo, no todos se comprometen a trabajar con ahínco por la formación de agrupaciones posibilistas. Es decir, que tengan claros fines y que estén dispuestos a conseguirlos, no sólo a pesar de los pesares, sino precisamente, sobre los mismos pesares.  La unión hace la fuerza, es un dicho no solo conocido, sino experimentado, además de empíricamente demostrable. Pues si es tan clarificador este proceder, hay que implementarlo en todos aquellos ámbitos donde sea posible. La aportación de cada uno enriquece al conjunto, dándole vigor. Isaac Newton en su sabiduría lo explicó mejor: “La unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo”.

Tenemos que propiciar el acuerdo y el entendimiento. De esa práctica salen las grandes propuestas resolutivas, que inciden en una mejor y mayor convivencia. Si todos vamos en una misma dirección, aunque por vías diferentes, tenemos una única meta, aunque algunos llegarán primero y otros más retrasados, al final estaremos todos en el mismo sitio. De eso se trata, de que hay asuntos que interpelan a toda la comunidad, que nos afectan de una manera más directa o lejana, pero que nos influyen, tanto positiva como negativamente y para afrontarlos o para alentarlos, la convergencia es la clave del triunfo. El presidente americano Lyndon Johnson era realista al señalar que: “no hay problema que no podamos resolver juntos y muy pocos que podamos resolver por nosotros mismos».

Es más sencillo hablar, que escuchar. Hay personas que los disparates les salen de la boca a velocidad de la luz y después necesitan audífonos para corregir su sordera ante las propuestas de los demás. No admiten sugerencias, ni son capaces de aceptar otras opiniones, estando tan engreídos en su valía o suficiencia personal, que no reciben con agradecimiento correcciones y sugerencias bienintencionadas. Suelen ser los figurones, que dicen y no hacen. Agrandan los problemas, los hacen irresolubles y crean malestar alrededor. Estos personajes sobran, no sirven para construir y sumar que es lo que necesitamos en nuestra tierra. Se trata de aportar con ganas, de ver el vaso siempre medio lleno, porque la otra parte está vacía y de la nada no se saca absolutamente nada.  Cuando se quiere imponer a los demás la ideología que se profesa, se demuestra la poca seguridad personal que se tiene para acoger otras opciones, también válidas o por lo menos con suficiente entidad como para atenderlas. Está fuera de lugar el paternalismo ejercido desde cualquier poder público, no haciendo mejor a nadie y llevando a la ciudadanía a un infantilismo necesitado de protección. Los que se creen en posesión de la verdad absoluta se convierten en dioses de cartón piedra que, al primer viento o lluvia fuerte, se desmoronan.   Habría que recordarles lo dicho por el escritor Ken Blanchard: “ninguno de nosotros es tan inteligente como todos nosotros juntos”. En Canarias necesitamos ese quehacer constructivo que coopere al fortalecimiento personal, comunitario, económico y social, porque las diferencias son enriquecedoras cuando sirven para juntar, es la paradoja del triunfo. El ejemplo palpable es nuestra realidad, ocho islas diferentes, cada una con sus particularidades, que engloban un único archipiélago en medio del Atlántico. Es posible