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El espejo de la política

Casimiro Curbelo, presidente del Cabildo de La Gomera

Los espejos solo reflejan la realidad, no la construyen, aunque a veces la deformen. Y la política solo es un espejo de la sociedad de este país llamado España. Y digo esto porque a veces se hacen críticas desmesuradas a las rivalidades o desentendimientos de los partidos o incluso de las propias ideologías, sin tener en cuenta que en colectivos más reducidos, como una junta de vecinos, se pueden observar los mismos choques verbales o desencuentros.

Me temo que la intolerancia que campa a sus anchas por nuestro país no es un patrimonio de los políticos, sino de la sociedad en la que vivimos. Y lo que observamos en la vida de los partidos no es más que el espejo de lo que ocurre en nuestra vida cotidiana. En la violencia verbal de los conductores, en la exasperación de los que hacen una cola, en la agresividad de los hinchas de un equipo de fútbol contra los de otros colores.

Esta semana se ha celebrado un choque entre los dos equipos canarios que aspiran al ascenso a la primera división del fútbol español. Y a la hora de escribir estas reflexiones aún desconozco el resultado que, inexorablemente, dejará en tierra a uno de los dos. Lo asombroso es que para algunas personas el resultado de este derbi sea interpretado como un fracaso. ¿Un fracaso de quién? En vez de estar legítimamente orgullosos de que dos equipos canarios hayan llegado a los primeros lugares de la clasificación y se estén jugando la oportunidad de ascender, lo que hacemos es mirar un vaso medio vacío.

El ejemplo deportivo se podría extender a casi todos los ámbitos de nuestra vida, dentro y fuera de Canarias. De las dos españas enfrentadas se han escrito ríos de tinta que, por lo visto, no han servido para casi nada. La mayor parte de los discursos que se escuchan hoy bucean en el extremismo de las ideas de cada cual, pero no para defenderlas con razones, sino para descalificar o zaherir a quienes, en todo su derecho, opinan distinto.

Si algo nos enseñó esa época de la Transición de la que tanto se habla —y que algunos vivimos plenamente—  no fue ni el olvido, ni la resignación, ni la renuncia a nada: fue la capacidad de escucharnos y de defender apasionadamente nuestras ideas, pero con respeto por el prójimo. La izquierda española, representada por la etapa de Felipe González, lideró a comienzos de los años ochenta el proceso más importante de progreso económico y bienestar social en la historia de España. Y lo hizo con autoridad, desde la responsabilidad y también desde el diálogo. Por supuesto que hubo conflictos y huelgas, y ácidas discusiones políticas con la oposición, pero en los asuntos públicos existía una frontera del interés común que muy pocos, aquellos asesinos, osaban traspasar.

Vamos rumbo a un periodo que ya parece una campaña electoral declarada. Y el tono y las formas comienzan a padecer los síntomas de esos procesos, donde la poca tolerancia que existe termina esfumándose, porque cuando las urnas entran por la puerta, la razón salta espantada por la ventana. Pero a través de los programas de televisión podemos ver cómo la confrontación más visceral no es solo un patrimonio de la política, sino que se ha instalado en la cultura y en la manera apasionada de ser de los españoles.

“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas te ha de helar el corazón”. Las palabras del inmortal Antonio Machado son tan actuales hoy como hace un siglo. Nada bueno crece en el erial del extremismo. Nada sensato crece en el terreno yermo de quien se atribuye tener todas las razones. La discrepancia y el diálogo, cuando van de la mano, se convierten, como el hidrógeno y el oxígeno, en el agua que hace florecer las sociedades. Me entristece que, como pueblo, hayamos perdido la capacidad de escucharnos mutuamente y que todo se haya transformado en combustible para una hoguera en torno a la que ya no nos reunimos, sino que utilizamos para intentar achicharrar al otro.

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