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Los tentáculos del pulpo isleño

Oscar Izquierdo foto Diario de Avisos

Una sociedad subvencionada es una sociedad boba, sin inicativa, con falta de respuesta a los estímulos económicos. Mantiene las bocas calladas y los estómagos agradecidos. Sirviendo para que pululen los mediocres, vividores del cuento, que con el dinero público, es decir, de todos, sostienen a sus amiguetes. El trabajo es sustituido por el conformismo ramplante e insulso, donde no hay atisbo de iniciativas emprendedoras, sino acomodamiento a una realidad nada exigente. Es como si no corriera el viento, ni pasara el tiempo, se trata de mantener una situación beneficiosa para algunos, que reciben subsidios a cambio de no molestar, es decir, que viven, por cierto holgadamente, pero sin extiencia pública, crítica o reactiva. Es el acomodamineto egoista que enferma a toda la sociedad.

La subvención genericamente y  para entendernos,  es  la ayuda económica que se da a una persona o institución para que realice una actividad considerada de interés general. Tiene que basarse en el principio de subsidiaridad, que pide a la administración que se abstenga de intervenir allí donde los grupos o asociaciones más pequeñas pueden bastarse por sí mismas en sus respectivos ámbitos.  No se trata de desdeñarla por principio, pero si de racionalizarla y no convertirla en un apeadero donde se encuentra una forma de existir, mantenerse o sobrevivir manifiestamente cobarde. Como decía Rochefoucauld: “mientras uno se ve en posición favorable para dispensar favores, no suele encontrar personas desagradecidas.” Hay   subvenciones necesarias, sobre todo, en el ámbito social. Pero son de todo punto innecesarias, las concedidas para silenciar voluntades o conatos de reprobación y por supuesto, para garantizar la mayor gloria del responsable público de turno, que necesita a su alrededor pelotilleros, que le alegren sus oídos y vanidades.

A los políticos en general, les gusta, cuando ocupan el poder, ser muy generosos en las dádivas, por un lado, a sus conocidos, para agradecerles o devolverles el favor oportuno y por otro, para silenciar cualquier intento opositor. Lo dramático de esta situación, es que el dinero que reparten tan alegremente, eso sí, bajo la apariencia cierta de la legalidad, no es suyo, es de todos, pero como administradores lo utilizan a su buen entender, o mejor dicho, a su propio interés. En los beneficiados tenemos a los profesionales de la holganza y del buen vivir a costa del erario, fuera de todo comportamiento ético. Acaparan millonadas cada año presupuestario, son verdaderos cirujanos en exprimir las convocatorias públicas, conociendo todas las triquiñuelas oportunas para no dejar escapar el sustento que les permite gozar de estatus o prestigio social. A cambio, venden su dignidad personal, no por un plato de lentejas, sino por querer aparentar lo que no son. Ahí es cuando aparece el “silencio sonoro” que los vuelve mudos, ciegos y sordos.

La libertad cuesta, es para los valientes, don Quijote de la Mancha sentenció: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. La independencia se materializa como elección consciente, con todas las consecuencias, porque es más decente comer papas con huevos fritos, en casa y con dinero ganado honradamente, que suculentas mariscadas o carnes preciadas, en el restaurante limonado o en el club privado lujoso, pagadas con dinero subvencionado. Es lo que se llama vulgarmente, la mamandurria institucionalizada. Por lo tanto, es sanamente recomendable que los tentáculos, cual pulpo costero, de algunos políticos, se alejen de la sociedad civil, para no asfixiarla, empobrecerla y esclavizarla.

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