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La mala política de no hacer nada

Todo el que conduce un coche sabe que las amenazas hay que preverlas a la mayor distancia posible. Para evitar los daños de un accidente lo mejor es estar pendiente de los peligros de la carretera para saber cómo sortearlos con bastante tiempo de anticipación.

Esto, que es básico y de sentido común, parece que no rige para cuando se conducen los destinos de un país. Cada día más estamos viendo como los grandes partidos políticos parecen más preocupados de sus problemas propios –el apoyo electoral, la pelea con los rivales o las luchas internas– que por los de una sociedad que empieza a mandar señales de que está muy harta de ese abandono.

Hay muchos ejemplos de esto que les digo. El asunto de Cataluña, por ejemplo, fue un problema que se dejó crecer con indolencia, con altanería y con desprecio a la necesidad de no permitir que se llegara a los extremos en que hoy estamos. Pero el mayor caso de imprevisión y abandono ahora mismo es la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y los efectos terribles que ese hecho van a producir en la economía de las zonas más deprimidas de nuestro país.

Esta pasada semana nos hemos enterado, por los medios de comunicación, que el Ministerio de Fomento no era consciente de las ayudas al transporte de mercancías que se iban a perder si se producía una salida británica de la Unión. Ese desconocimiento es sólo una pieza de la abismal ignorancia que se tiene en Madrid de los asuntos particulares de Canarias, que son muy singulares y complejos y se derivan de nuestro estatus especial como región ultraperiférica en Europa y dentro del propio Estado español.

Canarias ha creado una comisión especial para analizar las consecuencias derivadas del ‘brexit’. Eso es muy loable. Pero al día de hoy no tengo constancia de que tengamos un plan de contingencia para poder amortiguar los efectos de una salida sin acuerdo de los británicos. O no existe o no se conoce. Y como bien se ha estado señalando una y otra vez, para unas islas como las nuestras, los efectos de una ruptura pueden ser terribles.

Cualquiera de ustedes puede pensar que este es un asunto que nos cae muy lejos. Que son problemas de alta política entre Londres y Bruselas. Y que qué más da que los sesenta millones de británicos se queden o se vayan. Pero sean conscientes de una cosa: vivimos pura y exclusivamente del turismo. Los dieciséis millones de personas que nos visitan cada año nos dejan más de diecisiete mil millones que son fundamentales para que funcione nuestro mercado de trabajo. No sólo en la hostelería y la restauración, también en el comercio, el transporte, la construcción o la agricultura que suministran bienes o servicios al gran sector turístico.

La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, en el mejor de los casos, va a producir una reducción del crecimiento económico previsto. Y esa caída del PIB, basada en las pérdidas del comercio entre ambas zonas, va a afectar seguramente a los colectivos más vulnerables de la sociedad que son los que siempre pagan el pato. Afectará a las exportaciones canarias al Reino Unido y a la llegada de turistas a las islas.

El empobrecimiento económico hará que menos familias decidan venir de vacaciones a nuestras islas, tanto desde el mercado británico como del alemán. Pero si la salida se produce sin acuerdo y todo hace pensar que las negociaciones para conseguirlo no van a prosperar –a pesar de la prórroga que se va a pedir– las consecuencias pueden ser muchísimo peores. Lo serán para miles de ciudadanos británicos que viven en las islas, para los millones que nos visitan y también para miles de ciudadanos de estas islas que viven gracias a los beneficios económicos del turismo.

¿Qué se ha hecho para sortear ese peligro que se nos aproxima? ¿Qué plan de contingencia tienen el Gobierno de España y de Canarias para minimizar el impacto negativo de ese daño que hoy por hoy es imposible de cuantificar? Nada se ha hecho, que sepamos, excepto hablar y hablar del problema y sus consecuencias. Nuestra mala política consiste en debates políticos que sólo interesan a los propios partidos y en peleas preelectorales. Vamos de cabeza hacia un choque frontal contra un problema enorme para el que no hay previsiones. Y cuando venga el lobo nos cogerá indefensos.

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