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Un grito de auxilio

Este lunes La Gomera se convierte en un punto de encuentro para miles de personas que tienen sus raíces en esta tierra y para otras miles que vienen a conocer nuestras fiestas lustrales. Es el tiempo del regreso a casa, del abrazo con las familias y del recuerdo del paisaje de la infancia y la juventud que muchos recuerdan desde la distancia. Pero siendo un tiempo de fiesta y de celebración, es también un tiempo para acordarnos de quienes están lejos. De esos descendientes de isleños que están al otro lado del mar, en una tierra hermana.

Soy de los que piensan que estar en política consiste en ocuparse de las cosas que preocupan a los ciudadanos. Transformar la sociedad es una frase muy bonita pero sólo se hace realidad cuando uno transforma la vida de las personas. Y de igual manera que una playa es la suma de toda la arena, la sociedad es la suma de todos los seres humanos que tienen su propio rostro, su propia vida y sus propios problema.

Toda mi vida me he preocupado por las personas. De una en una, cuando ha sido necesario. Porque creo que estar en política es estar al servicio de esa gente que tiene algo que contarte y que necesita tu ayuda. Y más me preocupa cuanto más grave es la situación de vulnerabilidad o de necesidad en la que se encuentra quien toca a tu puerta.

Hace unos días he recibido en el Cabildo de La Gomera la carta de una mujer, hija y madre, ciudadana venezolana. Una carta que es un grito de auxilio. Un mensaje escrito desde el corazón y que narra el infierno en que se ha convertido la vida para millones de personas que sufren de carencias materiales severas, de los artículos más elementales, como medicinas o comida. Y que además sufren la persecución y el acoso de un régimen que despertó todas las esperanzas de millones de personas, dentro y fuera de Venezuela, y que pasó de ser un sueño a convertirse en una pesadilla.

Alguno dirá que bastantes problemas tenemos nosotros en Canarias o en España para preocuparnos de lo que pasa en Venezuela. Comprendo que alguien pueda pensarlo, pero se equivoca. Si queremos convertir este mundo en un lugar mejor para vivir no podemos desentendernos de quienes padecen persecución o miseria. No debemos hacerlo y mucho menos con un país en donde existen miles de canarios y descendientes de isleños, unidos a nosotros por lazos de sangre y de recuerdos.

Más de una vez he pedido al Gobierno de Canarias y al de España que nuestra tierra y nuestro país se implique en mayor medida en la ayuda a Venezuela. En el auxilio a las personas que lo necesiten y, especialmente, en la atención de aquellas personas que tienen vínculos con nuestras Islas. Porque es una especie de obligación que nos ocupemos de todos los canarios o descendientes de canarios que, por distintas razones, no están con nosotros.

La mujer que escribió al Cabildo de La Gomera pide auxilio para salir de su país y venir a nuestra isla. Describe, sin adornos, las penurias que padece su madre incapacitada y sin medicamentos, la ocupación de parte de su vivienda por grupos adeptos al régimen o la imposibiidad de obtener alimentos. Hay más de 55.000 enfermos de cáncer que carecen de acceso a medicinas o terapias, miles de enfermos renales sin diálisis y una degradación de la asistencia sanitaria por falta de medicamentos. Leer el testimonio de esta mujer, madre de una niña de nueve años, me ha causado una impresión desoladora.

¿Cuánta desesperación hay que padecer para enviar una carta a una isla lejana de Canarias a la que tantos venezolanos están unidos por recuerdos, tradición o familia? ¿Cuánto miedo hay que tener para estar dispuesta a desarraigarse de su país y de su casa para salir huyendo porque se quiere dar a su hija la oportunidad de crecer en una sociedad más justa?

Yo sé de sobra que en Canarias no caben todos los perseguidos del mundo. Sé que no podemos recoger a todos los pobres del planeta. Que no cabrían en nuestra tierra. Pero no podemos cerrar las puertas y las ventanas e ignorar que existen. Y cuando alguno nos tienda la mano, tenemos que intentar dársela. He pedido ayuda al Diputado del Común, Rafael Yanes, en nombre de esta mujer y su familia. Y le he ofrecido la colaboración del Cabildo de La Gomera. Y estoy seguro de que vamos a hacer todo lo que podamos para estudiar de que manera podemos a ayudar a esta persona. Y de que cuando lo hagamos, estaremos cumpliendo la verdadera función por la que un día decidimos dar ese paso de “hacer política”.

Este año viviré las fiestas grandes de La Gomera con la misma devoción y alegría que siempre. Pero tendré también la esperanza de que nuestra Virgen de Guadalupe nos ayude a hacer un mundo más justo y a rescatar del naufragio a todas las personas que podamos.

 

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