Alejandro García Vera
El filósofo Nietzsche dio a conocer en sus aforismos de La gaya ciencia esta idea del eterno retorno, por la cual señalaba que la vida que vives debe ser vivida eternamente, con sus sufrimientos y sus placeres.
 
Si lo extrapolamos al mundo político, nos podemos encontrar con una idea que, aunque muy simple, se puede asemejar a la concepción circular del tiempo del eterno retorno: las elecciones. Por supuesto, este es un ciclo en donde debemos elegir a unos representantes que impulsarán propuestas o, en su caso, si fueran gobierno, las ejecutarían (en teoría). Este año, por supuesto, nos tocan elecciones generales y, en un par de meses, volveremos a las locales y autonómicas.
 
Si nos centramos en el evento más próximo, el del 29 de noviembre, nos encontraremos con que no solo estamos ante un eterno retorno de elección de personas que puedan representar, sino ante un eterno retorno de las mismas promesas, las mismas políticas e, incluso, en algunos casos, de las mismas personas.
 
Este eterno retorno está marcado por la defensa de políticas públicas que, en teoría, deberían favorecer más a las clases trabajadoras y, sin embargo, suelen alinearse con los intereses de aquellos que tienen más niveles de renta, de las grandes empresas o, incluso, al menos para garantizarse un “echadero” por si lo de la política no sale o se descuadra.
 
En ese eterno retorno han participado desde partidos más grandes, de corte estatal, a más locales, pegados aquí al lado, para seguir participando y siendo responsables de un sistema que ha visto cómo, durante varias legislaturas, el precio de la vivienda se incrementa sin hacer prácticamente nada, ni apoyar (porque lo de proponer ya se hace mucho) ningún tipo de iniciativa legislativa que apueste por una consolidación de la vivienda pública como derecho básico. O ese eterno retorno a pugnar por un escaño para garantizar una manutención sin importar las necesidades reales de la gente a la que se dice representar.
 
El eterno retorno, pues, consiste en utilizar una retórica vacía de políticas públicas sobre vivienda, sanidad o incluso educación, que allí donde gobiernan y pueden ejecutar esas políticas, su lema consiste en parecer que se hace algo, pero haciendo nada. No es que lo diga yo: los datos de vivienda pública de Canarias son un auténtico fiasco. Aplicar el eterno retorno consiste en decir una cosa en un sitio y lo contrario en otro, para según quién.
 
Hay una diferencia sustancial entre aquellos que representan ese eterno retorno cíclico, que aprovechan los ciclos electorales como momentos de salvación, y los que entendemos que el eterno retorno es vivir una vida con compromiso con el pueblo, en nuestro caso el gomero. Un eterno retorno que nos lleva a nuestros orígenes de trabajadoras y trabajadores, que han bregado y bregan por intentar sortear todas las dificultades, que no son pocas. Una diferencia entre quienes ven las elecciones como un fin en sí mismo para garantizar puestos, “echaderos” o vaya a saber qué, y quienes las vemos como un medio para poder estar en todas las instituciones en las que podamos batallar por mejorar las condiciones de vida de nuestra gente.
 
En nuestro caso, tenemos claro que apostamos por un eterno retorno que implique seguir viviendo vidas en las que la lucha contra las dificultades y el ser agentes que ayuden a nuestro pueblo sea la norma; una vida que elegimos quienes somos hijas e hijos de esta tierra y hemos visto cómo seguimos teniendo de los indicadores de renta más bajos del archipiélago, de la cesta de la compra más cara, o donde las bonificaciones por vivir lejos de la capital no ayudan como debieran o, de cómo un tratamiento de quimioterapia, con todo el sufrimiento que acarrea, en esta isla se multiplica por tres y por cuatro según donde vivas. Por eso estamos aquí, porque es el eterno retorno de las vidas que viviríamos una y otra vez si fuera posible, vidas llenas de consciencia y de compromiso con nuestra isla y con nuestra gente.