Desde el año 2014 suelo venir asiduamente a La Gomera, en ocasiones con más frecuencia y en otras con menos, porque las estancias dependen del tiempo disponible y del motivo al que se deba cada visita. Durante estos años he ido conociendo una isla que, para quienes vivimos en las islas capitalinas, tiene uno de sus mayores atractivos precisamente en la tranquilidad que se respira en las mal llamadas islas menores. Aquí el ritmo baja considerablemente, el estrés parece quedarse en Los Cristianos antes de coger el barco y hasta las cosas cotidianas tienen otro flujo, otra manera de hacerse y, también, otro coste.
Uno de los grandes debates cuando hablamos de las islas no capitalinas es precisamente el coste de las cosas, especialmente de algo tan básico como la alimentación. Puedo asegurar que hay productos que llegan a costar casi el triple que en Las Palmas de Gran Canaria y quizás para los gomeros y gomeras esto sea algo habitual, una realidad a la que se han acostumbrado porque forma parte de vivir aquí, pero para quienes venimos de fuera resulta difícil no sorprenderse cuando algo tan básico como un litro de leche puede tener una diferencia de precio considerable respecto a lo que estamos acostumbrados a pagar en una isla capitalina.
Mi reflexión de hoy, sin embargo, va un poco más allá del precio. Durante estos días he podido comprobar una situación que me preocupa especialmente: el desabastecimiento que he encontrado en uno de los mayores supermercados de la isla. Precisamente porque aquí no abundan los establecimientos de grandes dimensiones, el que está en la Villa lleva muchos años siendo uno de los principales puntos de referencia para hacer la compra, no solamente para quienes viven en San Sebastián, sino también para muchas personas que se desplazan desde otros puntos de La Gomera. Por eso resulta cuanto menos preocupante entrar y encontrarse con estanterías vacías, productos que faltan y palés ocupando los pasillos pendientes de colocar, dejando una imagen que para quien viene de fuera llama poderosamente la atención.
Que pueda faltar puntualmente un producto es perfectamente comprensible, especialmente teniendo en cuenta las dificultades de transporte y logística que supone vivir en una isla como esta. Lo que ya no debería parecernos tan normal es que la falta de productos se repita y afecte a numerosas referencias, porque si ya resulta preocupante tener que pagar más por llenar la cesta de la compra, mucho más lo es tener que hacerla pensando en qué habrá disponible y qué tendremos que buscar en otro establecimiento. Comprar lo necesario no debería convertirse en un ejercicio de previsión ante la posibilidad de que mañana falte aquello que hoy necesitamos.
Quizás haya llegado el momento de abordar esta cuestión con mayor seriedad y preguntarnos si la oferta comercial existente es suficiente para una población de más de 22.000 habitantes. La competencia puede ayudar a mejorar los precios, ampliar las posibilidades de elección y garantizar un abastecimiento más estable, por lo que facilitar la llegada de otras compañías no debería verse como una amenaza, sino como una posibilidad para que los consumidores tengan más alternativas. No se trata de señalar a un supermercado concreto, porque las causas pueden ser muchas y seguramente existan explicaciones logísticas que desconozco, sino de preguntarnos si el modelo comercial de la isla ofrece realmente las suficientes garantías para algo tan básico como llenar una cesta de la compra.
Resulta difícil imaginar que en cualquier municipio de Gran Canaria o Tenerife se aceptara como algo habitual entrar en un supermercado y encontrarse con numerosas estanterías vacías o con productos básicos que no están disponibles. Si allí nos parecería preocupante, aquí tampoco deberíamos asumirlo como inevitable. La insularidad tiene unas dificultades evidentes y nadie puede negarlas, pero no puede convertirse en una explicación permanente para todo aquello que termina afectando directamente a quienes viven en La Gomera.
Yo en unos días regresaré a Gran Canaria y volveré a encontrar grandes cadenas de supermercados, una mayor variedad de productos y precios más competitivos. Para mí será simplemente regresar a mi realidad cotidiana, pero para quienes viven aquí esta situación no termina cuando el barco abandona el puerto. Ellos seguirán teniendo que hacer frente a los precios, a una oferta más limitada y, si esta tendencia continúa, a la incertidumbre de no saber si encontrarán determinados productos cuando los necesiten.
Ahí está, precisamente, una de las cuestiones que más me preocupa: que terminemos acostumbrándonos. Cuando una situación se repite durante demasiado tiempo dejamos de preguntarnos por qué ocurre y comenzamos a asumir que tiene que ser así. Nos acostumbramos a pagar más, a tener menos opciones y hasta a buscar soluciones individuales a problemas que deberían ser objeto de una reflexión colectiva.
La Gomera tiene unas características propias y precisamente ahí está buena parte de su riqueza, pero vivir aquí no debería significar aceptar que determinados productos sean mucho más caros, que exista una oferta comercial limitada o que hacer una compra normal requiera cierta planificación. En pleno siglo XXI, garantizar el acceso a los productos básicos y disponer de alternativas suficientes no debería depender de vivir en una isla capitalina o en una isla no capitalina.
Porque una cosa es asumir las dificultades que supone vivir rodeados de mar y otra muy diferente convertir esas dificultades en una costumbre. La Gomera no debería acostumbrarse a pagar más, encontrar menos y tener que preocuparse por si mañana habrá lo que hoy necesita. Si en pleno siglo XXI seguimos hablando de esto como algo inevitable por vivir en una isla, quizás el problema ya no sea que La Gomera sea una isla pequeña, sino que hemos terminado acostumbrándonos demasiado a sus carencias
Moisés Aday Rodríguez Gutiérrez.

