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El nuevo orden

Cuando pensábamos que en nuestros días no podía ocurrir nada peor que lo que Israel estaba haciendo en Gaza, con el apoyo de EE. UU. y la permisividad de la ONU, se nos ofrece como aperitivo la entrada de tropas estadounidenses en Venezuela y el secuestro de su presidente, y poco después, como plato fuerte, los ataques de Estados Unidos a Irán y de Israel a Líbano. Pero aún faltaba el postre: las declaraciones de Úrsula von del Leyden, presidenta de la Comisión Europea, afirmando que “Europa ya no puede seguir siendo el guardián del viejo orden mundial” y que no podemos confiar en el sistema basado en reglas “como la única forma de defender nuestros intereses”.

Ese viejo orden mundial al que se refiere la señora von del Leyden (perdónenme por llamarla señora, tampoco Netanyahu ni Trump merecen ningún trato de respeto) no es viejo, al contrario, es muy nuevo. Procede de los horrores de la Primera y Segunda y Guerra y fue un intento de la comunidad internacional para que la convivencia en nuestro planeta tuviera un mínimo de decencia. Es cierto que la Organización de las Naciones Unidas nació defectuosa por el derecho a veto de los vencedores, y también es cierto que la Unión Europea se ha ido convirtiendo en un club desde el que seguir conservando los privilegios económicos obtenidos de sus tiempos de colonialismo, pero al menos, y aunque no se cumpliera debidamente, se reconoció la necesidad de que el mundo no volviese a ser el escenario en que el más fuerte hace lo que quiere, sin excusas ni sonrojo. Ese viejo orden que von del Leyden ya no le parece necesario, y su perfeccionamiento en lugar de su destrucción, es el que podría darnos a toda la población la mínima esperanza de un futuro digno.

A veces, la hipocresía es casi una virtud, porque indica que quién está haciendo algo incorrecto lo sabe y trata de ocultarlo. Ahora, Estados Unidos, Israel, el lobby sionista, las corporaciones económicas multinacionales y los estadistas al servicio de las mismas han perdido hasta la vergüenza y han sustituido la hipocresía por el descaro. Durante siglos, la religión, la patria o la libertad fueron excusas para invadir, saquear y masacrar, cuando lo único que se buscaba era solo riqueza. Hoy no necesitan excusarse, no les da reparo decir que “defienden sus intereses”. Como mucho, hacen creer a su ciudadanía que los intereses de una élite cada vez más pequeña y poderosa son también los suyos.

Sólo en los últimos quince años, la ONU ha consentido el ataque a Libia, la invasión de Afganistán, la destrucción de Siria, los incesantes ataques a Líbano, los bombardeos en Yemen y el genocidio de la población palestina en Cisjordania y Gaza, todas ellas acciones encabezadas por Estados Unidos e Israel y apoyadas por sus socios europeos, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Arabia Saudí. Y si el actual enfrentamiento entre Rusia y Ucrania no se han extendido a toda Europa es porque aquí, hasta ahora, los intereses del “nuevo orden” no son todavía los de destruirla. Pero no nos confiemos: Las armas se fabrican para vender, pero tienen que ser usadas en un sitio o en otro para seguir creando otras nuevas.

Por si todo esto fuera poco, nos someten a una descarada manipulación conceptual que, aunque burda e incoherente, parece calar en buena parte de la población. Ejemplos:

Se puede atacar impunemente a un país porque su gobierno no cumple con las condiciones de democracia y cuidado de su ciudadanía que el atacante considera adecuadas. Que dichas condiciones las marque Estados Unidos, un país que practica el más férreo bipartidismo desde hace más de 170 años, que se opone a la asistencia sanitaria universal (Irán cubre un 90% de la asistencia hospitalaria para toda la población, incluidos refugiados) o que permite que se condene a muerte a personas con discapacidad intelectual, sería irónico si no fuera escandaloso.

En un alarde de cinismo, Estados Unidos afirma su intención de salvar a las mujeres que viven sometidas a regímenes machistas, como si las víctimas de los bloqueos económicos y los bombardeos no fuésemos también las mujeres y las niñas, y como si la condición de las mujeres afganas hubiese mejorado después de su invasión. Por si eso fuera poco, muchos de los que dicen asesinar para protegernos son los principales implicados en la red de abusos y pornografía de Jeffrey Epstein, con Trump a la cabeza.

Se califica de terrorista a cualquier gobierno u organización, civil o armada, que se oponga a Israel. Hamás fue elegido democráticamente en Gaza y Hezbolá es un partido político con representación en el Parlamento de Líbano. A mí, que detesto cualquier forma de religión, me resulta doloroso tener que defender los derechos de agrupaciones que ponen a dios en el centro de sus actividades, pero la reciente foto de Trump rezando en la Casa Blanca rodeado de pastores cristianos creo que debería hacernos reflexionar acerca de cómo, cuándo y dónde aplicamos con toda tranquilidad la ley del embudo.

No estamos viviendo nada nuevo: las potencias europeas dividieron América, Oriente Medio y África a su antojo desde el siglo XVI y se repartieron las ganancias. Pero si durante siglos, las gentes no tenían otro medio que los púlpitos para saber lo que ocurría en el mundo, hoy tenemos herramientas que son tan potentes para alienarnos como para permitirnos conocer la realidad. Ya no podemos excusarnos en el desconocimiento sino en la indiferencia. Podemos oponernos a ese nuevo orden mundial liderado por Estados Unidos e Israel que tanto les agrada a los fabricantes de armas, a los petroleros, a los antifeministas, a los devastadores del medio ambiente, a los animadores del ultraconsumismo. Tenemos la capacidad y las herramientas para construir un mundo un poco más habitable, pero falta saber si estamos dispuestos a hacer algún esfuerzo para lograrlo.

Montserrat Cano

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