¿Sabes quiénes son Antonia Pineda, María Hernández, Catalina Hernández, Antonia Gutiérrez o Guadalupe Mendoza? ¿Y Victoria Cabrera, Blanca Ascanio, Domitila Clemente o Serafina Darias? ¿Te suenan Pilar Gaspar, Isabel León, Adolfina Medina, Candelaria Medina, Antonilla Medina, Isabel Mendoza…? ¿O, tal vez, Isabel Morales, Ruperta Plasencia, Dolores Quintana, Gregoria y Dolores Ramos, Antonilla Vera o Dolores Hernández Morales?
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Ellas son solo algunas de las decenas de mujeres que vivieron en cualquiera de los pueblos de La Gomera en los años del golpe de Estado y la dictadura franquista. Muchas fueron humilladas, rapadas, castigadas o encarceladas sin haber cometido delito alguno y, la mayoría, sin derecho a defenderse. Se les maltrató para deshumanizarlas, para convertirlas en sujetos de segunda o, incluso, en meros objetos. Se las castigó con un propósito ejemplarizante, pues se trataba de que la ciudadanía entendiera de qué iba el nuevo régimen. Las mujeres bajo el nacionalcatolicismo fueron sometidas al silencio y la obediencia, viendo limitados por completo sus derechos y libertades.
Hace noventa años, ellas apenas podían imaginar cómo viviríamos nosotras hoy. Sin embargo, buena parte de lo que somos se lo debemos a aquellas mujeres que, en La Gomera, se atrevieron a romper con el lugar que tenían asignado, desafiaron las imposiciones, lucharon contra el clasismo y la pobreza y, también, a todas las que durante años combatieron en silencio, tejiendo redes de apoyo para sobrevivir hasta la llegada de la democracia.
Hablar de las mujeres gomeras del pasado siglo no es solo un ejercicio histórico: es un acto de memoria y de justicia feminista. En una sociedad marcada por el caciquismo, la agricultura de exportación, el hambre y el aislamiento, las mujeres cargaban, además, con el peso del analfabetismo, la dependencia legal del varón y el trabajo invisible. La República les había abierto una puerta, una leve esperanza: por primera vez fueron reconocidas como ciudadanas con derechos. El voto femenino, el acceso a la educación y la participación política sembraron una conciencia nueva, aunque la realidad material siguiera siendo dura.
En La Gomera, esa conciencia se tradujo en presencia y valentía. Los Sucesos de Hermigua de 1933 evidencian que las mujeres no fueron espectadoras pasivas, sino protagonistas de las protestas sociales. Nombres como Blanca, María, Catalina, Antonia y tantas otras representan a cientos de mujeres que exigieron pan, trabajo y respeto. Son solo la punta del iceberg de una generación que creyó en los avances que se anunciaban, confiaron en que sus vidas irían a mejor y en que la dignidad también se defiende, pero con el Golpe de Estado todo se desvaneció y los castigos fueron duros.
Entre todas ellas, la figura de Antonia Pineda destaca como símbolo de lo que significó alzar la voz en aquel tiempo. Los terribles sucesos que marcaron su vida, con el asesinato de ella y su bebé, encarnan la realidad de muchas mujeres humildes que reclamaron derechos básicos para sus familias y pagaron un precio altísimo por ello. No fue un caso aislado, sino el reflejo de una represión que tuvo un marcado componente de género: castigar a las mujeres era restaurar el orden patriarcal, devolverlas al silencio, a la casa y a la obediencia.
Tras el golpe de 1936 y la dictadura franquista, la represión cayó con especial dureza sobre quienes habían osado participar, protestar o, simplemente, pensar en un mundo más justo. El miedo volvió a imponerse como herramienta de control social, y el mensaje era claro: las mujeres debían estar quietas, calladas y bajo tutela masculina.
La fuerza y la violencia se cebaron, entonces, con mujeres como Blanca Ascanio, firme defensora de la República, del Gobierno legítimo de España y, en consecuencia, de la libertad, la igualdad y la justicia social. Ella fue cara visible y valiente de la Resistencia de Vallehermoso, en los hechos conocidos como El Fogueo del 24 de julio de 1936.
Pero no, el fascismo no logró amordazar a las mujeres. A pesar del silencio impuesto, la memoria sobrevivió en las familias, en los relatos orales y en la conciencia colectiva. Algunas hijas, nietas y bisnietas mantuvieron viva la llama. Hoy, cuando conmemoramos el 8 de marzo, no lo hacemos desde la comodidad de los derechos conquistados, sino desde la responsabilidad de reconocer a quienes los hicieron posibles.
Nombrarlas es un acto político. Recordarlas es un acto de justicia. Sin aquellas mujeres no se entiende nuestra historia, la de La Gomera, ni el camino hacia la igualdad. El feminismo en nuestra isla no nació ayer: tiene raíces profundas en la lucha por la supervivencia, por la dignidad, por la igualdad y por la libertad.
Sí, sabemos que no todo está conseguido, que queda trabajo por hacer y, sobre todo, existe el riesgo cierto de retroceder en derechos y libertades. Lo estamos viendo a diario con el auge de la extrema derecha; es algo palpable, por lo que debemos permanecer alerta para no permitir ni el más mínimo recorte en derechos.
Este 8 de marzo, que su memoria nos incomode, nos inspire y nos obligue a seguir avanzando. Porque la igualdad que hoy defendemos es heredera directa de su valentía.
Ventura del Carmen Rodríguez Herrera
Jurista
Diputada del Parlamento de Canarias por La Gomera en la novena y décima legislaturas.
Portavoz del Grupo Municipal del PSOE en el Ayuntamiento de San Sebastián de La Gomera.

















