Disponer de un espacio propio es un aspecto importante durante la juventud, ya que contribuye al desarrollo de la autonomía personal y a la construcción de la identidad. Sin embargo, en muchos casos, cuando la convivencia compartida se prolonga más allí de lo esperado y se percibe como una obligación y no como una elección, puede convertirse en un desafío para los jóvenes.
Esta forma de convivencia es, además, una realidad ampliamente extendida entre la juventud emancipada. Según un informe del Consejo de la Juventud de España, el 87 % comparte vivienda con el objetivo de reducir gastos, una situación que, desde el ámbito psicológico, tiene implicaciones en el bienestar emocional cuando se mantiene en el tiempo.
“Esta dinámica de convivencia puede generar irritabilidad, dificultad para desconectar, cansancio emocional y sensación de estancamiento personal. Mantenerse en un contexto donde no se dispone de suficiente espacio propio provoca una tensión constante que dificulta la gestión de las emociones y eleva los niveles de estrés”, explica Pablo Ramos Fernández, psicólogo de Blua de Sanitas.
La situación se ve reforzada por el esfuerzo de adaptación que implica la convivencia continuada con personas ajenas al núcleo familiar, ya que ajustarse a normas implícitas, gestionar diferencias de hábitos y mantener una convivencia agradable supone una carga mental añadida. Cuando no existe un espacio claramente delimitado para la intimidad, este esfuerzo sostenido puede traducirse en sensación de agotamiento, mayor irritabilidad, dificultades de concentración y/o alteraciones del sueño (como conciliación más lenta o descanso menos reparador).
“Cuando los jóvenes se comparan con sus propias expectativas o con referentes sociales sobre la independencia, es común que se vea afectada su autoestima y la sensación de haber alcanzado ciertos logros personales. Este tipo de comparación genera frustración, autoexigencia o dudas sobre el propio desarrollo, especialmente si sienten que no avanzan hacia los objetivos que se habían planteado”, añade Pablo Ramos.
Ante esta situación, los expertos de Sanitas recomiendan una serie de pautas para reducir el impacto psicológico de compartir piso de forma no deseada:
- Establecer acuerdos explícitos de convivencia: definir normas claras sobre limpieza, horarios y uso de espacios comunes ayuda a reducir la incertidumbre, los malentendidos y la tensión diaria. Saber qué esperar de los demás permite manejar mejor las emociones y evita conflictos innecesarios.
- Proteger espacios y tiempos personales: reservar momentos y zonas de intimidad, aunque sean pequeños facilita la autorregulación emocional y ofrece un respiro mental necesario dentro de la convivencia compartida.
- Practicar una comunicación clara y respetuosa: expresar de forma calmada las necesidades, preferencias o límites ayuda a prevenir conflictos internos y mejora la comprensión mutua, lo que disminuye la ansiedad y favorece un ambiente más equilibrado.
- Mantener rutinas estables: mantener horarios regulares de sueño, descanso, comidas y ocio contribuye al equilibrio psicológico, ya que la previsibilidad en la vida diaria ayuda a gestionar mejor el estrés y las emociones.


















