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De padres gomeros y con una biografía marcada por el viaje, José Aguiar murió en Madrid en 1976, pero su obra sigue anclada, con una fuerza difícil de discutir, a la tierra que lo formó. Cincuenta años después de su fallecimiento, resulta pertinente volver la mirada hacia una figura que fue celebrada, silenciada y, durante demasiado tiempo, simplificada. Aguiar no fue un pintor menor ni un epígono regionalista. Fue uno de los grandes muralistas españoles del siglo XX y una voz singular dentro de la historia del arte en Canarias.

Su trayectoria atraviesa algunos de los episodios más complejos del arte y la cultura del pasado siglo. Formado en Madrid, marcado por el descubrimiento del Renacimiento italiano y por la técnica de la encáustica, Aguiar supo construir un lenguaje propio, sólido en lo formal y ambicioso en lo narrativo. Frente a la fragilidad de la pintura de caballete, apostó por el muro como espacio de relato, de memoria y de identidad, entendiendo la pintura como una arquitectura moral y simbólica.

Desde muy pronto fijó su mirada en los campesinos, en los cuerpos curtidos por el trabajo, en los gestos heredados de una isla abrupta y laboriosa. No buscó el costumbrismo complaciente ni el folclore decorativo. En sus lienzos y murales hay solemnidad, peso humano, una gravedad expresiva que conecta con la tradición clásica y con un expresionismo contenido. La Gomera, sus barrancos y su gente, no fueron un motivo pintoresco, sino el núcleo ético y visual de su obra.

El reconocimiento llegó, aunque no siempre en los términos deseables. Medallas, encargos institucionales, grandes murales que hoy forman parte del patrimonio artístico canario y español. Pero también llegaron la sospecha y el estigma. Su vinculación profesional con el régimen franquista, tantas veces leída de manera superficial, ha ocultado durante décadas una biografía atravesada por contradicciones, represión y silencios forzados. Aguiar fue masón y represaliado, y como tantos artistas de su tiempo, sobrevivió en un contexto donde la neutralidad era una quimera.

Su legado, sin embargo, permanece. El Friso isleño del Casino de Tenerife, los murales del Cabildo Insular, la pintura monumental de la Basílica de Candelaria o la inolvidable Romería de San Juan no son solo obras destacadas, sino hitos fundamentales para entender la evolución del arte en Canarias en el siglo XX. En ellas hay ambición, riesgo, una voluntad de trascender lo local sin renunciar a él.

Que se cumplan ahora cincuenta años de su muerte debería ser algo más que una fecha en el calendario. Esta efeméride es una oportunidad para revisar su obra sin prejuicios, para situarla en su justa dimensión histórica y artística, y para incorporarla con naturalidad a los discursos contemporáneos sobre identidad, patrimonio y creación. Aguiar no necesita ser defendido: necesita ser leído con rigor y mostrado con valentía.

La Gomera, su isla, se encuentra ante una ocasión privilegiada para volver la mirada hacia uno de sus creadores más singulares. Las instituciones culturales y públicas tienen la oportunidad de impulsar una conmemoración a la altura de su legado, a través de exposiciones, publicaciones, encuentros y acciones educativas que permitan redescubrir a Aguiar y acercarlo a nuevas generaciones. Conmemorar estos cincuenta años no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma serena de reconocer una trayectoria fundamental y de reflexionar, desde el arte, sobre la memoria cultural que Canarias desea proyectar hacia el futuro.

Pablo Jerez Sabater. Historiador del Arte