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Ley o ferocidad

* Si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, veremos que llevamos milenios idealizando y aplaudiendo a los matones, a los que en algún momento han poseído la fuerza y la han utilizado para sus fines, sobre todo para la rapiña. El heroísmo de personajes admirados como Alejandro, Julio César, Gengis Khan, Napoleón o Hernán Cortés, solo por citar a unos pocos de una larguísima lista, consistió principalmente en apoderarse de tierras, bienes y personas. Si no admiramos a Hitler es porque perdió una guerra que tenemos demasiado cerca y no ha habido tiempo para considerarlo solo un caudillo más, como a tantos otros una vez que el contexto ya solo es discurso. En la narrativa de los guerreros y ladrones, lo que se valora, incluso más que el botín y la hegemonía, es la lucha por conseguir ambas cosas, es decir los valerosos actos de guerra con los que se disimula el pillaje, y de ahí que sea tan fácil olvidar lo que ha habido siempre detrás de cualquier conquista: el deseo de unos pocos de apoderarse de lo que tienen los demás.

Tras los horrores de la Primera y Segunda Guerra Mundial, pareció que la humanidad había reflexionado un poco y llegado a la conclusión de que el mundo no podía seguir siendo el escenario de la ambición descontrolada. Así, por primera vez en la Historia, conseguimos crear instituciones de ámbito universal o establecidas entre numerosos países para crear normas que rigieran la convivencia de los estados. La Organización de Naciones Unidas nació con una gravísima deficiencia al permitir el derecho a veto de los países vencedores en la Segunda Guerra Mundial, pero fue un foro donde todos los países del mundo podían decirle a alguien “eso no se puede hacer”. La CECA, que daría lugar a la Unión Europea, puso en común las industrias clave del acero y el carbón en Europa para superar los conflictos derivados de la posesión de esos bienes. El Tribunal Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional sirvieron para extender la conciencia de que la humanidad entera tiene que regirse por leyes entendidas y aceptadas por todos.

¿Qué ha ocurrido para que tres cuartos de siglo más tarde esté refiriendo a estas instituciones en pasado? ¿Cómo hemos podido permitir que el mundo haya vuelto a ser el barrio donde los matones más brutos e ignorantes le quitan el bocadillo al que no puede defenderse y además presumen de ello? ¿Cómo hemos consentido que nuestro planeta esté en manos de individuos sinvergüenzas, obscenos, repugnantes y chulos como Netanyahu, Zelenski, Putin o Trump y no hagamos nada para frenar su ignominia? ¿Qué clase de ciudadanía que se dice libre y democrática admite que todo cuanto ha creado para hacer posible una convivencia decente se transforme en un esperpento, en una absoluta inutilidad?

Donde no impera la ley reina la brutalidad. Si permitimos que el gobierno se Israel se apodere de Palestina y esclavice o expulse a sus habitantes; si consentimos que un voceras descerebrado como Trump declare sin disimulo ninguno de qué partes del mundo se va a apropiar para contentar a los grandes consorcios petroleros, armamentísticos, mineros y madereros; si dejamos que nos gobiernen los matones, habremos retrocedido a los tiempos más oscuros de nuestra historia.

Es verdad que las personas corrientes tenemos muy pocos medios para frenar este desastre pero algo sí podemos hacer: Dejemos de admirar a los conquistadores y fijémonos en la obra de las personas que hablaron de paz, de acuerdo, de concordia, aunque lo hicieran limitada e imperfectamente. Tenemos voz para exigir a nuestros representantes políticos que actúen con honradez, que no se plieguen a las exigencias de los camorristas, que recuerden que el puesto que ocupan se lo hemos concedido para defender nuestra vida y nuestra dignidad. Gritemos mucho, exijamos mucho ahora que podemos porque mañana será tarde y solo quedarán lamentos.

*Montserrat Cano

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