Alba Marrero, periodista

Cuando el salmón sospecha que su vida se agota, este inicia uno de los viajes más largos de toda su existencia. Nadará durante kilómetros, río arriba y a contracorriente, escabulléndose del hambre de los osos. Y de la misma forma que el tiempo le pone arrugas al ser humano, el salmón perderá sus escamas por el camino. Cueste lo que cueste: el salmón vuelve a casa. Regresa a su río natal con una intención: morir. Allí dejará sus huevos y regalará su confianza, y el destino de su especie, a los siguientes.

De una forma parecida, el ser humano tiene una conexión inexplicable con el lugar al que pertenece. Toda presentación, después del nombre e incluso antes que la edad — si es que se llega a decir— el acento delata y se suele comentar el lugar de procedencia. Qué se come, cómo se bromea y qué clichés se pueden desmontar. «Esa gente no sabe lo que es un escaldón», se diría por Canarias. Esas cosas. Los ríos natales. Las raíces.

«Esas gafas te quedan muy bien ¿Por qué no te las pones más a menudo?». «¡Imagínate! chino y con gafas. Parecería un chiste». Tengo un amigo que se llama Alejandro. De Madrid. Aunque sus ojos rasgados nos dicen que podría ser de China. O de por ahí. De Madrid centro, de toda la vida. Tiene laísmos a más no poder, no quiere ver ganar al barca ni en pintura y ha vivido entre tapas y cocidos  desde que nació. Digamos que su río natal es Madrid « […] pero hasta que no te sacan que el bisabuelo de tu tatarabuelo era de China, no paran». Como un acertijo. «Cuando les dices que sí… ¡Ahí ves tú; ahí lo tienes!». Por eso tu cara es tan «rara», les falta decir. Es como que los peces de su propio río le han hecho sentir que «a este lugar, con esa ojos, tú no perteneces».

Alejandro en España sufrió burlas; incluso entre su propio grupo de amigos. «Siempre fui el chino». Por mucho que dijera, una y otra vez, cuál era su nombre. « Son bromas, hombre», le decían. Si había humor negro; él era el blanco fácil. Entonces, sí él torcía el gesto y se empezaba a sentir mal, incómodo, «diferente», «bicho raro»,  con chavales de su misma edad y de su mismo país, ya no era humor negro. Se empezaba a llamar racismo.

Toda una sensación de vacío. Toda una casa sin muebles. Todo un río sin agua. A la pregunta: « ¿Se considera usted racista?», lo más probable es que los españoles contestaran que no. Ahora bien, los últimos datos recogidos por EpData, muestran cómo los delitos de odio en España aumentaron un 11,2%, siendo el racismo y la xenofobia los casos más comunes de denuncia. Sólo en 2017, según el Ministerio de Interior, se recogieron 524 casos delitos por racismo o xenofobia.

¿Cómo podría un español no considerarse racista si la multiculturalidad que conoce la contempla en barrios separados? ¿Cuántos barrios chinos, o de gitanos, o de negros, o de latinos tiene España? ¿Cuántos de esos barrios están considerados como «no peligrosos»? ¿Cuántos de esos barrios no han sido definidos, alguna vez, como «de gente rara», «gente inmigrante»? ¿Cómo podría entenderse la tolerancia en un país que deja los colores de piel a un lado? Que estén ¡por supuesto que estén porque España no es un país racista! Pero que estén al margen, claro. Que no se mezclen, que no molesten, que no se integren. Son diferentes. Son «ellos». No son «nosotros».

España no se siente racista porque «en un país como el nuestro somos la mar de salaos’». Aunque si echáramos un vistazo ¿Cuánta gente negra o cuánta gente china son las que realizan las entrevistas de trabajo, la primera cara visible de una empresa española, cuando aplicamos para un puesto de trabajo? ¿Cuántos adoptan ese rol «de mando» frente a la vulnerabilidad que genera ser un postulante? ¿Cuántos colores de piel se encuentran en posiciones de rango, elevadas, en las grandes empresas españolas? ¿Hablaríamos a los demás, al hablar de nuestros jefes, de la misma manera, si nuestros jefes fueran negros o chinos o saldrían expresiones más desagradables? ¿Dónde carajos está la convivencia de la multiculturalidad en las grandes empresas españolas? ¿Dónde está la multiculturalidad en los trabajos cualificados de España? Si fuéramos un poco más atrás… ¿Dónde está la convivencia de la multiculturalidad en los patios de los colegios?

«Cada vez que abría la boca delante de un grupo que no conocía, me soltaban el mismo comentario: ¡Coño pero qué bien hablas español! Y yo siempre contestaba: ¡Hombre es que soy de Madrid!». Como ya a Alejandro le ha empezado a dar igual que no le integren, suelta la de: «Bueno… se hace lo que se puede». Con una especie de humor interno, renuncia a su identidad. «Así no hacen demasiadas preguntas porque lo comprenden mejor».

Alejandro vive ahora en Reino Unido. Ni se plantea volver a España más que para ver a la familia. Y ese «dolor» que le han generado las burlas y que percibo cada vez que habla, a mí me duele y me avergüenza. Me hace sentir culpable porque qué jodido tiene que ser que tengas un río al que volver —el mismo que el mío— pero en el que te sientas un extraño. No tener un lugar por el que perder las escamas. ¿Qué pasa cuando Alejandro quiera volver a casa? ¿A dónde vuelve? ¿En qué dirección nadar y perder las escamas cuando no hay ningún río al que regresar?