Siempre he destacado la importancia de que contemos con una festividad común de toda Canarias. Un salto cualitativo en relación a las conmemoraciones locales y insulares. De carácter laico y que celebra la construcción de nuestra primera oportunidad de autogobierno, tras siglos de colonialismo y de centralismo, a principios de los ochenta del pasado siglo, cuando se constituyeron el primer Parlamento y el primer Gobierno de Canarias.

Canarios y canarias de los ocho territorios poblados, así como los que, casi siempre por razones económicas, fijaron su residencia en otras partes del mundo, tienen el 30 de mayo como referencia, como fiesta de la canariedad.

Una fecha que, como sucede con otros días dedicados a este u otro tema reivindicativo, permite desarrollar todo un conjunto de actividades festivas, culturales, gastronómicas y deportivas. Con el peso de las tradiciones que nos forjaron como pueblo diferenciado.

Pero, al mismo tiempo, con la posibilidad de reflexionar sobre lo que hoy somos y sobre los indiscutibles avances que hemos conquistado. Pero también en torno a las carencias que aún tenemos. Sobre todo, reflexionar sobre lo que queremos ser.

Este 30 de mayo llega pocos días después de que hayamos conocido la última Encuesta sobre condiciones de vida elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), correspondiente a 2015. Un estudio que nos vuelve a colocar en los más elevados niveles de pobreza y riesgo de exclusión social entre las comunidades autónomas.

Con el agravante de que, pese a los cantos de sirena de la salida de la crisis y la mejora (real) de parámetros macroeconómicos, la situación empeora respecto al informe de finales de 2014.

Y eso es así, con unos ingresos medios por persona y año de 8.640 euros en las Islas, 1.800 por debajo de la media estatal (10.419). Y más lejos aún de las comunidades más ricas: País Vasco (13.836 euros/persona y año), Navarra (13.300) y Madrid (12.534). Como se sabe, somos campeones en bajos salarios, reducidas prestaciones sociales y débiles pensiones.

La situación para muchas personas y familias continúa siendo angustiosa. Se ha prácticamente duplicado (pasa del 19,5% al 34,5%) la tasa de hogares que tienen muchas dificultades para llegar a fin de mes, situándonos líderes de todas las nacionalidades y regiones en este parametro.

A ello se añade que casi un tercio de los canarios reconoce que no cuenta con capacidad para afrontar gastos imprevistos, casi 30 puntos por encima de la media española. Asimismo, muchos hogares de nuestra tierra tienen problemas para pagar el alquiler o la hipoteca, así como para abonar los recibos de la electricidad, la comunidad o el agua.

Unicef

Los datos dados a conocer unos días antes por Unicef también son sobrecogedores: el 30% de los niños y niñas del Archipiélago (unos 140.000 menores) se encuentra en riesgo de exclusión social. Lo que tiene consecuencias para sus actuales condiciones de vida y, asimismo, sobre sus posibilidades educativas, sociales y laborales futuras.

La crisis económica y las políticas de austeridad y recortes aplicadas por el Gobierno central han incrementado la desigualdad en el conjunto del Estado. Han empobrecido a trabajadores y clases medias. Han precarizado a mucha gente. Han aumentado la explotación laboral. Han afectado de manera cruel a la infancia.

Pero su efecto, ampliado por las políticas de recortes del Gobierno canario, es aún más perverso en una comunidad con un punto de partida negativo, con enormes bolsas de pobreza, grandes déficits educativos y culturales y un desempleo que, ni en los mejores momentos del boom constructivo-turístico, bajó del 10%.

Frente a ello, frente al sufrimiento de decenas de miles de familias canarias, no se ha actuado con la urgencia y la contundencia debida. Ni en la protección de las personas sin ingresos, ni en el apoyo a los que están en riesgo de perder su vivienda; ni en la creación de empleo de calidad; ni, en definitiva, en poner en marcha políticas sociales a la altura de los graves problemas que afectan a una parte significativa de la población canaria. Las prioridades han sido otras.

Es hora de poner en primer plano acciones que colaboren en la creación de empleo y en la atención a las personas pobres y excluidas. Es hora de establecer una renta básica, con intervención de todas las administraciones, para que no haya ningún hogar canario sin ingresos.

Futuro

Es hora de políticas de vivienda que se acerquen al cumplimiento de lo establecido en la Constitución. Es hora de fortalecer los servicios públicos, elementos esenciales para la equidad. Es hora de contar con una aplicación justa de la ley de la dependencia.

Nada de eso es ajeno al Día de Canarias. Salvo para los que consideren que Canarias es mirar exclusivamente a un pasado idealizado y, por tanto, falso; a los que creen que es posible defenderla sin hacer lo propio con las necesidades de su gente y con la protección del territorio en el que desarrollan su vida; a los que, sin la menor base, prometen un mejor futuro con decisiones equivocadas que justamente lo ponen en riesgo.

Las nacionalidades, las naciones, las patrias, solo pueden construirse desde el trabajo colectivo por el bienestar de su gente y contra las sangrantes desigualdades; desde el respeto hacia el territorio y el medio ambiente, que estamos obligados a legar a las futuras generaciones. El Día de Canarias debe servir para unir a los ciudadanos y ciudadanas en un proyecto común superador de un presente tan desigual e injusto frente al que no se puede permanecer impasible.