Francisco Pomares

En un tiempo en el que la vida pública se deshace en sospechas, los bancos nos roban, los ricos inventan todo tipo de trampas y subterfugios para no pagar sus impuestos, la gente se adocena con la basura de la tele, los jueces conspiran y trapichean y la academia se ensimisma en sus sortilegios y burocracias…, en un tiempo de pesimismo, mediocridad y grisura en el que todo aquello en lo que creemos naufraga, mantener la tradición anual de los Premios Canarias es casi un acto de fe. Y, a veces, también de justicia.

Me enteré el lunes -por una llamada suya- de la elección de Maximiano Trapero como Premio Canarias de Patrimonio Cultural. No fue exactamente una sorpresa: su nombre había circulado en los días previos al premio como candidato al galardón. Y no me sorprendió en absoluto que al final un jurado bastante variopinto decidiera elegirlo: Trapero es un tipo inteligente, divertido, laborioso, imaginativo y brillante, que se ha dejado el pellejo durante los últimos cuarenta años fijando el habla de las Islas en su romancero y tradición oral. Un tipo que él solito ha aportado más al habla canaria que la mayoría de los tratados y diccionarios al uso. Un tipo con paciencia de filatélico y voluntad de entomólogo, empeñado en recuperar y conservar para el futuro la memoria volátil pero no efímera de un pasado que -cuando él empezó- estaba aún a la vuelta de la esquina, comenzando a perderse en la niebla, y que hoy sólo existe gracias a su esfuerzo y su entrega. Un tipo incapaz de sentir rencor hacia nada y hacia nadie, a pesar de tener sobrados motivos. En medio del desinterés, la desidia, la apatía y el desprecio por el trabajo bien hecho, Trapero ha dedicado toda una vida de estudio y correrías por las Islas a reconstruir y mantener para el futuro el catálogo versado de una Canarias desaparecida ya, que sólo sobrevive en su inabarcable colección de versos cantados y palabras antiguas.

Ha hecho muchísimas más cosas Trapero: como catedrático de la ULPGC ha formado a dos generaciones de filólogos e investigadores en lexicología, lingüística y semántica; ha contribuido al conocimiento en las Islas con 250 artículos científicos y 40 libros; nos ha explicado cómo hablamos en Canarias y por qué; ha sistematizado el estudio de la toponomástica y de la toponimia canaria; ha hecho que los mapas de esta región nos hablen del pasado a través de sus nombres; ha estudiado la décima y la poesía improvisada en las Islas y en América… No ha parado de trabajar este estajanovista grancanario, herreño consorte, llegado a las Islas hace muchos años desde un pueblo de León. Pero aunque Trapero no hubiera hecho todo lo que ha hecho, aunque sólo fuera por alguno de sus monumentales estudios -el Romancero en cada una de las siete islas, su grandioso diccionario de toponimia guanche- y por ninguna otra cosa, Canarias se la debía. Porque personas como el profesor Trapero nos enseñan que entre los restos del naufragio siempre aparecen tablas de salvación, ejemplos a los que aferrarse para seguir defendiendo que un mundo diferente y mejor es perfectamente posible. Que la diferencia entre lo malo y lo bueno la marcan las personas que se toman su tiempo para hacer bien lo que creen que deben hacer…

Por eso, la mejor definición que se me ocurre de Trapero cabe en sólo cuatro palabras cortas: “es-un-gran-hombre”, un gran hombre en todos los sentidos. Un tipo extraordinario, mi amigo el grancanario Max.