Por Manuel Herrera Hernández*.- 

Más allá en el tiempo, en marzo de 1616, del pueblo de Esquivias, a donde había ido para mejorar su mala salud, tornaba a Madrid Miguel de Cervantes jinete en un rocín pasilargo. Le acompañan dos amigos porque se encuentra con «tantas señales de muerto como de vivo». De pronto sintió que alguien a sus espaldas venía con gran prisa en una borrica dando voces para marchar juntos. Era un estudiante que, al conocer que el señor del rocín era Miguel de Cervantes, se apeó de su montura y asiendo la mano izquierda dijo: «Sí, sí, este es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y finalmente el regocijo de las Musas». Luego siguieron el camino en el que hablaron de la enfermedad de Cervantes  diciendo: «Esta enfermedad es hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese: Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna».  Cervantes respondió que « esto me han dicho muchos, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiese nacido. Mi vida se va acabando y, al paso de las efemérides de mis pulsos que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida».

Desde el 17 de abril  de 1609 Cervantes formó parte de la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento y, desde julio de 1613, vestía el hábito de terciario por gratitud a los padres trinitarios sus redentores en Argel. En los últimos tres años de su vida tenía una salud deteriorada hasta el punto de que tuvo el presentimiento de que estaba a punto de iniciar el viaje al fondo de la noche y, con prisas literarias, quiso concluir Los Trabajos de Persiles y Sigismunda publicada póstumamente en 1617. La polidipsia es un síntoma de «diabetes mellitus» y en aquel tiempo el estudiante de medicina no la conocía porque, como tal enfermedad, no se conoce hasta los años 20 del siglo XIX. En el Diccionario Castellano con las Voces de Ciencias y Artes, de Esteban de Terreros y Pando, de 1787 se dice que es «una  enfermedad causada por una masa de agua, que se junta en alguna parte del cuerpo ». Al intentar identificar su enfermedad se ha pensado en la malaria, en la cirrosis hepática, en la insuficiencia cardiaca y en un fallo renal terminal, por lo que existen dudas sobre su patobiografía exacta. Es curioso destacar que Gregorio Marañón relacionó la enfermedad periodontal y la diabetes. En el prólogo de sus Novelas Ejemplares Cervantes afirma que sus dientes son «ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados». Al hacer un diagnóstico etiológico pensamos que Cervantes padeció « diabetes mellitus » que justifica sus síntomas de polidipsia junto con la pérdida de peso, astenia, pérdida gradual de visión, hinchazón en los pies, cansancio y falta de aire.

En abril de 1616 vivía Cervantes en la calle del León, esquina con la calle de Francos, muy cerca del mentidero de comediantes. Trasladada la puerta a la calle de Francos (hoy de Cervantes) era el número 2. Cervantes tuvo como protectores al cardenal-arzobispo de Toledo don Bernardo de Sandoval y Rojas, y al virrey de Nápoles, don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, y Gentilhombre de la Cámara del Rey. Presintiendo su fin, escribe el 26 de marzo de 1616 al arzobispo de Toledo y asegura: «Si del mal que aquexo pudiera haber remedio […] pero al fin tanto arrecia, que creo acabará conmigo». Asimismo cuatro días antes de su óbito escribe  al Conde de Lemos: « Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir». Y finaliza el prólogo de Persiles y Sigismunda despidiéndose: «Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida».

El día 21 de abril Cervantes presentó un estupor que progresó a la pérdida de conciencia, de instauración lenta, que era el inicio del coma diabético. Murió el día 22 de abril de 1616, siendo enterrado al siguiente día en el convento de las Trinitarias en la calle Cantarranas. Rodeaban el lecho su esposa Catalina Salazar de Palacios, Isabel de Cervantes y Constanza de Ovando, hija y sobrina del hidalgo, y el buen clérigo Martínez Marcilla y otros amigos. Envuelto el cadáver para el sepulcro con el hábito franciscano y encerrado en ataúd humilde fue conducido a hombros hasta la cercana iglesia de las Trinitarias. En la parroquia de San Sebastián, en el folio 270 del libro 4º, la partida de defunción transcrita dice [sic]: «En 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Çerbantes Sahauedra, casado con doña Catalina Salazar, calle del León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del licenciado Francisco López. Mandose enterrar en las Monjas Trinitarias. Mandó dos misas del alma, y lo demás a voluntad de su muger, que [e]s testamentaria, y el licenciado Francisco Martínez, que vive allí».

Acompañaron los restos dos oscuros literatos, Francisco de Urbina y Luis Francisco Calderón, así como el padre Martínez Marcilla y algunos congregantes del Olivar y del Caballero de Gracia. Cuando Cervantes fue enterrado el convento tenía una  pequeña capilla con acceso por la calle Huertas. Años más tarde, entre 1673 y 1697, allí se construyó una iglesia grande que albergó los restos mortales que se encontraban enterradas en la antigua iglesia. Los restos de Cervantes pasaron así a una localización incierta. En 1870  Mariano de Togores, marqués de Molins, publicó a instancias de la Real Academia Española una memoria titulada La sepultura de Miguel de Cervantes demostrando que los restos jamás salieron del convento. Hasta hoy, dos placas, una en la zona del altar y otra en la fachada del edificio, ya indicaban el enterramiento de Cervantes en la iglesia de las Trinitarias. A principios de 2015 el forense Francisco Etxeberria dirigió un grupo de arqueólogos que encontró un ataúd con las iniciales «M.C.». Investigados los huesos del ataud la epigrafista Alicia M. Canto sugirió cautela ya que opinaba que las letras ciertas eran «M. G.» con características de épocas posteriores a Cervantes. Finalmente, a mediados de 2015, se concluyó que en los huesos encontrados tal vez estaban los de Miguel de Cervantes.  En la mañana del 10 de junio de 2015 se celebró un homenaje a Cervantes y se descubrió una placa en su memoria en la iglesia de San Ildefonso del convento de las Trinitarias, situada en el número 18 de la calle Lope de Vega. Con este acto culminó el proceso de búsqueda de los huesos de Cervantes, un proyecto que comenzó a desarrollarse a finales de marzo de 2014 y que se dio por terminado un año después. No se han podido realizar de momento análisis de ADN ya que solamente hay constancia actual de parientes del hermano. Pero al pasear por el barrio de los poetas (Huertas, Magdalena, plaza de Matute, León, las calles que albergaron a Cervantes) al lanzar nuestro espíritu a los espacios sabemos con certeza que llegará a la región de inmortalidad donde mora el genio.

(*) MANUEL HERRERA-HERNÁNDEZ

es Miembro de la Asociación Española de Médicos Escritores